Prohibido NO hablar con extraños

En esta nota vas a encontrar una serie de consejos de una viajera para tener las mejores vacaciones cuando viajes solo.

Publicado por Kio Stark, extraído de The New York Times


Me encanta viajar sola por una razón: los desconocidos. Hablo con los residentes de los sitios que visito, con otros viajeros, con cualquiera que tenga una historia, con toda persona que pueda alterar el curso que yo había planeado. Estos encuentros cimientan mis recuerdos de un lugar y mi relación con él.

Una vez, en un tren nocturno de Frankfurt a Milán, compartí cabina con una señora alemana de unos 70 años. Le pregunté por el diario que estaba leyendo, y me contó sobre los méritos y fracasos de una docena de diarios. Pero yo estaba en la zona horaria equivocada, así que pronto me quedé dormida.

Horas después me susurró:

¿Estás despierta?

Me señaló la ventanilla para que mirara. El tren estaba bordeando la sinuosa orilla de un enorme lago negro. Vi las lucecitas de algunos pueblos, y una franja resplandeciente que atravesaba la quieta superficie del agua.

Es el lago Como —me dijo la mujer—. A veces lo visito. Si pudiera, me quedaría aquí para siempre. ¡Mira qué luna! ¿Acaso has visto alguna vez algo más bello?

Era cierto, y si no le hubiera preguntado por el diario, no habría visto aquello.

 

Hablar con extraños en los viajes puede convertir un paseo en una aventura. He aquí cinco reglas que pueden servirte de guía:

 

 

1. Hacé contacto con otros turistas.

Hace mucho, durante un viaje por ruta, visité la tienda de un museo de tipografía en Nashville, Tennessee. Mientras hacía fila en la caja, le pregunté a una mujer que estaba adelante de mí si era de esa zona.

No, soy de Oklahoma —dijo—. ¿Por qué?

Le contesté que estaba viajando y buscaba cosas que hacer. Un hombre que estaba detrás de mí intervino:

¿A dónde vas después de aquí?

Le dije que a Colorado, y sonrió.

Frená en Lucas, Kansas, y mirá el jardín del edén de S. P. Dinsmoor. Es la casa de un hombre loco y su jardín escultórico —me aconsejó.

El lugar era justo lo que buscaba: extraño, histórico, hecho a mano. Antes de eso no me acercaba a otros turistas, pero aprendí una lección: cuando una va por el camino, es probable que tenga algo en común con otros viajeros. Encontralos, y preguntales a dónde irían. Te darán consejos muy valiosos.

 

(Foto: Shutterstock)

 

 

2. Olvidá el celular.

Mi teléfono me brinda placeres y me mantiene comunicada, pero con frecuencia reduce mis probabilidades de hacer contacto visual con la gente que encuentro; me aparta de ella. Si no podés dejar el tuyo o preferís no hacerlo, al menos proponete no tocarlo. Amarrá un cordón o una cinta alrededor de él para recordar no encenderlo cada vez que tengas el impulso de hacerlo.

 

 

(Foto: Shutterstock)

 

 

3. Dejá que los extraños hagan todos tus planes.

Yo primero elijo un lugar para tomar café o desayunar, y dejo que algún residente tome las decisiones por mí. Le pido al propietario del local o al comensal más cercano que me sugiera visitas o actividades. Hago esto cada vez que estoy lista para trasladarme al siguiente lugar.

He descubierto que la forma más sencilla de hacer esto es hablar con personas que trabajan en restaurantes, tiendas o museos, con empleados públicos y con taxistas. O podés abordar a alguien que esté sentado cerca en un parque o en un café. Preguntale por su calle favorita, y a dónde suele llevar a sus familiares o amigos que lo visitan. Preguntale si hay alguna zona donde sea agradable caminar. Interrogalo lo más que puedas, pero no lo agobies.

 

(Foto: Shutterstock)

 

 

4. Usá un mapa impreso, o nada.

En una visita a Londres que hice hace unos años, decidí no usar Internet en mi celular. La experiencia fue mala y buena a la vez. En la primera noche revisé Google Maps en mi laptop antes de salir, y anoté las indicaciones para llegar a un sitio adonde estaba invitada a cenar. Pero al salir del metro me perdí. La calle que buscaba era imposible de encontrar. Empezó a llover, y le pregunté por esa calle a un hombre que estaba afuera de un bar. Dijo que no sabía, pero me invitó a entrar para que no me mojara. Ningún cliente pudo ayudarme, así que cené sentada en un banco, cautivada por una mujer que me contó sobre sus años como espía mientras bebía ginebra.

¿La lección? Pedí muchas indicaciones. Pedir ayuda de cualquier tipo es la llave para abrir ciertas puertas. Es una señal de vulnerabilidad que suscita apoyo genuino y espontáneo.

 

(Foto: Shutterstock)

 

 

5. Ante todo, escuchá.

Recordá: a la gente le encanta contar historias, y vos podés alentarlas a hacerlo. No todos los extraños lo harán, pero algunos sí, y lo que cuenten se volverá memorable. Para poder hacer buenas preguntas tenés que observar, poner atención. A mí se me ocurrió abordar a la mujer que iba en el tren porque vi que leía un periódico de Berlín, aunque había dicho que vivía en Frankfurt. He descubierto que una pregunta bien planteada revela que uno realmente está atento, que tiene curiosidad y está dispuesto a escuchar. Una buena pregunta es una manera de seducir, y la seducción, al igual que el halago —su pariente— te llevará a donde quieras.

 

(Foto: Shutterstock)

 

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