El niño que dejó de sonreír

Cuando una parálisis borró la sonrisa de su padre, decidió solidarizarse con él.

Publicado por Harrison Golden, de CNN.com


Papá y yo adorábamos el béisbol y odiábamos dormir. Una mañana, muy temprano, cuando yo tenía nueve años, fuimos al parque del barrio con nuestras pelotas, guantes y gorras de los Yankees.

 

—Si crees que el béisbol de noche es emocionante, solo esperá a ver esto—me dijo papá—. En el frescor de la mañana, la pelota viaja de una forma que jamás has visto.

 

Tenía razón. La pelota surcaba el aire más rápido y aterrizaba más suavemente. El eco de nuestras atrapadas resonaba mientras el sol salía sobre los campos salpicados de rocío. El parque fue nuestro por unas dos horas, hasta que vimos a una joven mujer empujando un cochecito de bebé. Cuando se acercó a nosotros, papá se inclinó sobre el cochecito, saludó meneando la mano y le regaló al bebé su mejor sonrisa. La mujer miró a mi padre por unos segundos y se alejó con toda rapidez.

 

—Vámonos, hijo —me dijo papá, y se dirigió hacia nuestro auto—. No me siento bien.

 

Un mes antes papá había contraído la parálisis de Bell, que le inmovilizó el lado derecho de la cara. Arrastraba las palabras y tenía un párpado caído. A duras penas podía beber de una taza sin derramar el líquido. Y su sonrisa, que no pocas veces me alivió el dolor de las heridas en el campo de juego, se había borrado.

 

Sentado en el auto, empecé a sospechar que papá no me había llevado al parque tan temprano para contemplar el amanecer, sino para evitar las miradas de la gente. Fue un retorno triste a casa.

 

Después de ese día, papá pasaba más tiempo en casa; dejó a mamá las compras y los traslados en auto. Como editor freelance, convirtió el comedor en oficina y se sumergió en el trabajo. Ya no quería jugar. En la fisioterapia, obedecía a la doctora: “Amplíe la sonrisa lo más que pueda. Levántese la mejilla derecha con la mano. Ahora, trate de silbar”. Solo le salía un soplo de aire.

 

Mis primeros recuerdos son de papá silbando tonadas de Frank Sinatra o de Bobby McFerrin. Siempre silbaba, y me enseñó a silbar también. De casi 40.000 personas que contraen parálisis de Bell cada año en los Estados Unidos, la mayoría se recupera en pocas semanas, y algunas tardan varios meses, pero al cabo de nueve meses la médica confesó que no podía ayudar a mi padre.

 

—Nunca había tenido un caso así—le dijo al final de la última sesión, y le entregó la cuenta.

 

Papá afrontaba las cosas con sentido del humor. En ocasiones tomaba un marcador lavable y se dibujaba una sonrisa de oreja a oreja; otras veces practicaba su personificación de Elvis y decía que los labios torcidos le permitían hacer una interpretación perfecta de Hound Dog.

 

Cuando empecé cuarto grado, en septiembre de ese año, papá ya podía parpadear con el ojo derecho y hablar claramente. Pero su sonrisa no había vuelto, así que hice un juramento secreto: me abstendría de sonreír.

 

Nada en la escuela me facilitó las cosas. Mis compañeros eran lo bastante maduros para mofarse de la cultura popular, y a la vez todavía niños para reír a carcajadas con los chistes sobre flatulencias. En clases me llamaban “el Enano Ceño Fruncido” (medía 1,17 metros de estatura). Los maestros me llevaban al pasillo y me preguntaban si me ocurría algo malo. Era tentador romper el juramento que había hecho, pero me negaba a dejar de solidarizarme con papá.

 

Cuando le pregunté a mi instructor de educación física por qué era importante sonreír, me puso a hacer lagartijas mientras mis compañeros jugaban softball en el patio. Luego, llamó a mi padre. Nunca supe de qué hablaron. Pero esa tarde, cuando bajé del ómnibus escolar, papá estaba esperándome, con nuestros guantes y una pelota en las manos. Por primera vez en meses, subimos al auto y nos fuimos al parque a jugar un rato.

 

—Ha pasado mucho tiempo —dijo. Unos seis padres y sus hijos estaban diseminados en el parque con las manos enguantadas en el aire. Papá no podía sonreír, pero estaba feliz. Yo también estaba radiante. Pronto empezó a oscurecer. Las lámparas se encendieron y todos se fueron marchando, pero papá y yo seguimos lanzándonos la pelota el uno al otro. Queríamos atrapar aquel momento y atesorarlo para siempre.

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