Ojalá pudiera decírselo ahora

Los niños nos enseñan cosas sobre nosotros mismos y sobre nuestros padres. Cuando nació su hijo, este padre novato pudo comprender a su madre y descubrir que todos los padres son cobardes.  

Publicado por Michael Christie de The New York Times


Durante muchos años he sido patinador profesional de skateboard. La primera vez que me subí a un monopatín tenía 11 años. El lenguaje que se usaba era el de mis primeras amistades con chicos extraños y un poco salvajes, a los que les horrorizaba tanto como a mí el colegio y los deportes de equipo. Procedían de hogares rotos, pobres u orfanatos. Éramos como pequeñas hormigoneras, en continuo ajetreo, y el movimiento de nuestros monopatines era la única manera de evitar que nos convirtiéramos en zoquetes llenos de rabia.

 A través de esos amigos me di cuenta de la singularidad de mi propio hogar. A mi madre, el skate le producía ataques de pánico. Me compró un casco, rodilleras y coderas (que nunca me puse) y se quedaba sin aliento a causa de mis cicatrices y lesiones. Me hubiese prohibido que anduviera en monopatín si por un segundo habría creído que iba a obedecerla. 

Puede sonar a los típicos miedos de los padres, pero para mi madre era algo más profundo, ya que padecía agorafobia, lo que significaba que a menudo se quedaba en casa, y le aterraban los grandes centros comerciales, los autos y las multitudes. Era imposible ir de vacaciones, al igual que encontrar un puesto de trabajo o realizar los mandados más simples. Se encargaba de cortarnos el pelo, hacernos la ropa y preparar comidas muy elaboradas. Juntos dibujábamos, veíamos películas y leíamos. Me enseñó a montar una estantería, a coser un botón y a tejer una colcha. Le preocupaba que el colegio alienara mi creatividad, así que me animaba a quedarme en casa cada vez que quisiera, que era a menudo. El colegio no se podía comparar con ser el centro de atención y sabía que me necesitaba cerca. 

Me sentía incómodo entre los demás niños hasta aquel día, con 11 años, que vi a un chico en la puerta de mi casa hacer un ollie (ese salto mágico en el que la tabla se pega por un momento a los pies y vuela en el aire). Para horror de mi madre, le dije al chico que me dejara intentarlo. A partir de ahí, me di cuenta de que necesitaba tanto andar en monopatín por las calles, como quedarme a salvo en casa. Solo volvía a casa para ducharme y dormir.

 A los 17 años me fui de casa y me pasé una década en el otro extremo del continente. Apenas llamaba a mi madre. Cuando hablábamos, sentía como si ella estuviera intentando extraer algo vital de mis células, así que cortaba sus preguntas con respuestas cortantes y monosilábicas. Fue una época en la que me invadía la ira y el resentimiento, no me siento orgulloso. 

En 2008, cuando tenía 32 años, mi madre se enfermó de cáncer de pulmón en fase 4. Fui a casa para cuidar de ella durante el tratamiento de quimioterapia y la encontré deshaciéndose de todas sus posesiones. Para evitar que nuestra historia familiar fuese a parar a la basura, le regalé tres cajas y tres opciones: guardar, donar, tirar a la basura.

 Cuando estábamos terminando, arrastré una de las cajas y vi que estaba llena de revistas de skate, de donde asomaban varios marcadores. Ojeé una y descubrí una fotografía mía, cinco años antes, sobre un monopatín sobrevolando una baranda de madera.

“Pensé que no podías verlo”, le dije.

“Me suscribí a varias revistas —dijo sin mirarme—. Nunca me mandaste ni una sola foto en todos estos años”.

 Unas semanas después de que terminara la quimioterapia regresé a casa, y una noche tarde, me despertó un llamado telefónico: mi madre había muerto. Recuerdo que me senté junto a la mesa de la cocina, y empecé a sollozar con un nudo en el estómago. Tuve que salir. Tomé mi monopatín y anduve durante horas por las calles iluminadas de naranja. Cuando volví a casa, vi a gente con paso enérgico y cara fresca que se dirigía a trabajar.

 Cinco meses después, nació mi primer hijo. Mi amor por él surgió al instante y me inundó el corazón. Me costaba apartar la vista de él. Dábamos largos paseos mientras mi mujer dormía. Con el cochecito entre el tráfico, descubrí que de repente me había hecho consciente de la amenaza del mundo, la vulnerabilidad desnuda del ser humano. La ciudad rezumaba peligros ante los que yo me había mostrado insensato: autos que giraban bruscamente, potenciales secuestradores, tóxicos humos de escape... Era como si el universo se hubiera convertido en mi enemigo.

 Desarrollé un nivel de atención como el de un perro guardián. Cuando mi hijo se ponía de pie en la mesa del comedor como un pequeño borrachito asomando por la barra de un bar, no me apartaba de su lado. Sabía exactamente cómo se le pondría la frente si se golpeaba con la lámpara, o qué chasquido haría su cerebelo en el suelo de madera si caía de espaldas.

O quizás era, y eso me preocupaba, a causa de mi madre, a la química heredada, mis genes dirigidos por la angustia abriéndose paso. 

Las cosas empeoraron. Le di una patada a un perro en el parque porque parecía que iba a morder a mi hijo. Me quejé con mi mujer de que las cuidadoras de la guardería no estaban lo suficientemente atentas. Si se atragantaba, aunque fuera momentáneamente, tenía que dejar pasar una hora y tomarme unas cuantas copas para tranquilizarme. No podía dormir. 

Nunca imaginé que la paternidad significaría aprender a vivir con ese miedo impenitente, constante, con la duda permanente de cuándo sujetar a tus hijos o cuándo dejarlos caer. Hasta la fecha, he visto el cuerpo de mi hijo rebotar en el hormigón, la madera y el ladrillo. Tuvimos otro hijo en 2013, más intrépido que su hermano. Algún día puede que me vea obligado a oír cómo se rompe un hueso y ver salir sangre. Y entonces, cuando hayan crecido y se hayan caído mil veces, se irán de casa, lejos de mi protección. Mi madre estaba enferma, pero también estaba en lo cierto: ser padre es aterrador. 

Es común decir que los niños nos enseñan cosas sobre nosotros mismos y nuestros padres, pero es verdad. Mis hijos me enseñan a tomarme las cosas con más calma. He visto cómo el dolor los moldea para bien. He observado cómo cada caída los ha hecho más fuertes. Incluso les he comprado un monopatín a cada uno, por el que todavía no tienen mucho interés. 

Estoy aprendiendo a perdonar a mi madre por haber vivido la vida encerrada, por su incapacidad de superar las cosas. Le daba miedo todo, pero sin embargo fue valiente. A mí no me daba miedo nada, pero la paternidad me ha convertido en un cobarde. Me gustaría poder decírselo. 

Cuando imagino a mi madre hojeando esas revistas de skateboard, buscando a su hijo para encontrarme cayendo del cielo en alguna parte a la que ella no podía ir, estoy seguro de que entendió cómo me sentía. 

Un monopatín es el medio ambulante más básico que existe. Es una herramienta para caerte, pero también para ganar libertad, para vivir. Sobre un monopatín, uno debe mantener el equilibrio en una lucha de fuerzas más allá del control. La clave es ser valiente, agacharte, levantarte y seguir rodando.

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2 COMENTARIOS

dbueno comentó hace 8 meses

Muy buena nota !!!!!!!!!!!!


joseluis13 comentó hace 10 meses

muy buena


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