Volver a empezar

Volver a empezar

“Una lesión cerebral grave se robó mis recuerdos. Ahora el mundo me parece nuevo todos los días”. Descubrí la historia de esta mujer a la que un accidente le cambió para siempre su manera de percibir la realidad.

Publicado por Jane Roset, extraído de The New York Times


—¿Querés un chicle, Jane? —me preguntó mi amiga Andrée.

—¿Qué? — repliqué.

—¡Chicle!

No sabía de qué me hablaba.

Esa noche le conté el gran hallazgo a mi amigo David:

—Se llama chicle y lo masticás y es divertido, ¡y hay uno que podés inflarlo y hacer globos con él!

—Sí, Jane, se llama chicle globo —repuso en tono paciente.

Mientras manejaba en 2006, otro auto chocó contra el mío e hizo que se rompiera el parabrisas con la cabeza. Sufrí una lesión en el lóbulo temporal derecho; perdí la memoria de hechos remotos, desde entonces soy paciente de traumatismo cerebral en los hospitales universitarios de la Facultad de Medicina de la Universidad Harvard.

A los 45 años me enfrenté a una existencia totalmente nueva. Los recuerdos que unían las distintas partes de mi vida se habían fragmentado y desvanecido. Tardé 26 meses en volver a ser capaz de llegar sin ayuda a la casa donde vivía desde hacía 17 años.

La gente me dice que antes era muy sociable. Ahora, en cambio no soporto la compañía y me puedo poner irritable en un parpadeo. Dicen que antes del accidente defendía los derechos de los enfermos de sida, que fundé varias organizaciones pioneras en pro de ellos y que era fotógrafa de prensa y pintora. Al ver mi obra anterior al accidente, es como si la viera por primera vez. ¿Es mía? Eso dicen.

Hay personas que me recuerdan y que yo no reconozco. En 2007 me encontré con Alice y Amma, una pareja que aseguró que éramos amigas y colegas desde hacía más de 20 años. Al principio no les creí, pero mi perra, Rifkah, disipó mis dudas al reconocerlas. Si ella las conocía, tal vez yo también.

Añoro lo que he perdido. Muchos me dicen que echan de menos mi repostería. Una amiga me contó que yo le agregaba remolacha rallada a la masa de la torta de chocolate. El comentario volvió a acercarme a una pasión de la que ya no me acordaba y que no había extrañado hasta entonces.

Añicos de recuerdos me taladran la conciencia y luego se rompen y disuelven en medias sílabas desconocidas. Otros recuerdos se ciernen en sombras. Otros más afloran y huyen. Al principio recuperaba los recuerdos en mis sueños y más recientemente en mis escritos y fotografías. Lo que vuelve son imágenes pero no palabras.

Mi amiga Andrée, una médica que atiende a víctimas de lesiones cerebrales traumáticas, me explica que la neuroplasticidad me permite sortear las partes dañadas de mi cerebro y crear nuevas vías de comunicación entre las neuronas. Si recibo información sensorial en forma de una palabra, puedo recuperarla después en otro lugar del cerebro y en forma totalmente distinta. Como una imagen. “Por ejemplo, si tu cerebro recibe la palabra ‘amor’”, dice, “puede recordarla con la imagen de un corazón”. ¡Gracias, neuroplasticidad!

La lesión que sufrió mi sistema nervioso me produce un dolor crónico que exacerba mis trastornos cognitivos. Arañazos como de vidrios rotos me recorren los meridianos del cuerpo. La acupuntura es de gran ayuda. Y también el hielo. Hablar de mi dolor no hace más que empeorarlo. Y el mismo efecto tienen las situaciones de gran agitación y demasiados estímulos sensoriales, la gente mala y el zumbido eléctrico de luces y computadoras.

 

Tengo mucha suerte de que el neurólogo me enviara al programa de víctimas de lesión cerebral del Hospital de Rehabilitación Spaulding, en Boston. Es increíble estar en un lugar donde nadie se ríe de uno por volver a descubrir el chicle.

 

Mi fisioterapeuta me ayuda a aprender de nuevo a poner un pie delante del otro sin retorcer la espalda. Mi terapeuta ocupacional me enseña rudimentos de la vida diaria como qué es una despensa. 

Creo que la principal razón de que siga viva es que nunca dejé de trabajar. El trabajo me orienta. Paso gran parte del tiempo escribiendo. Al escribir sigo cada hilo de mi vida. Un hilo lleva a otro y, antes de darme cuenta, he escrito 543 páginas.

Algo que me ayuda a cartografiar mi cerebro roto es sacar fotos desde mi kayak adaptado con pedales. Navego por las esclusas que separan el río Charles de la bahía de Boston. Es una zona de quietud y abstracciones en la que se borran las diferencias: entre río y bahía, entre el diagnóstico limitante y la salud liberadora.


En 2010 me rompí la pierna y, debido al dolor crónico que sufro, ni mi fisioterapeuta ni yo nos dimos cuenta hasta una semana después. Me pareció espeluznante cómo el yeso y las muletas despertaban más interés en desconocidos y médicos que las heridas en gran medida invisibles de mi cerebro.

No es de extrañar que el suicidio siga siendo una importante causa de muerte entre las víctimas de lesión cerebral traumática. Mi terapeuta del habla me dice que soy una “sobreviviente”. Yo le contesto que no me siento como tal sino como alguien que sigue luchando por vivir.

Rehabilitarme de la lesión cerebral lleva tiempo y es complejo. Se trata de crear conexiones y experiencias y aprender a vivir con las realidades dinámicas y no lineales de un cerebro reconfigurado. No es cuestión de recuperar los recuerdos inaccesibles de mi vida antes del accidente.

 

Si querés comunicarte con una víctima de una lesión cerebral traumática, simplemente tenés que incluirnos en las conversaciones que nos conciernen y no hablar de nosotros en tercera persona como si no estuviéramos presentes. En vez de presionarnos con lo que “deberíamos” recordar, vivir el presente con nosotros. A quienes sufrimos lesiones cerebrales traumáticas se nos suele regañar por no tener noción del tiempo, pero para muchos de nosotros el presente es el único tiempo verdadero.

Por favor, no te ofendas si no nos acordamos de hacerte una torta en tu cumpleaños o de mecer a tus hijos en nuestras rodillas. Estamos luchando por dar sentido a un mundo que nos parece nuevo —a veces maravilloso y a menudo, abrumador— con toda la valentía de la que somos capaces.

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13 COMENTARIOS

haya comentó hace 1 mes

es muy dificil la vida del dia, a dia , pero a la vez , es muy muy hermosa . por muchas espinas que nos encontramos en el camino . yo veo la naturaleza sencilla como un arbol viejo que cada año florece se llena de vida hermosisima y grande con grandes flores preciosas y hojas que esta dentro de ti


MVFunes comentó hace 5 meses

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero aún así no hay q bajar los brazos


DavAlvarezOrama comentó hace 9 meses

Resiliencia. Hay que tocar el fondo de la tragedia, para saber lo duro que es levantarnos: asimilar ese dolor físico y espiritual; llorarlo; sentir que nos aniquila; desear morir; luego, yerma ya el alma de lágrimas, cuando pensamos que no hay nada para nosotros, exhaustos y adoloridos, nos movemos poco a poco, impulsados por esa resiliencia nata que todos poseemos, - ya mucha, ya poca -, aumentada por la fé o el amor a algo, a alguien, a la vida; y así, elegimos sobrevivir, porque la elección es nuestra. Al fin y al cabo, lo que no nos mató, nos volvió más fuertes...y más sabios. Ya habrá tiempo para morir después, pero hoy...hoy, un día a la vez, debemos estar contentos, mañana será otro día. David Álvarez Orama


ZEYRAS comentó hace 9 meses

Muy buen articulo ,ser sobreviviente de cualquier accidente o como me ocurrió a mi de cuatro malas praxis es como volver a empezar pero con la alegría de estar vivos.


negralinda comentó hace 9 meses

muy buena


dbueno comentó hace 1 año

Muy bueno !!!


dbueno comentó hace 1 año

Muy linda nota !


idonthave comentó hace 2 años

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meremeke comentó hace 2 años

Lamento mucho x lo que pasaste...Quizas un poquito te pueda llegar a comprender xque yo soy victima de Guillen barre y mi sistema nervioso no volvio a ser el mismo.Un abrazo


mosqueteras comentó hace 2 años

hermosa hissstoria


dbueno comentó hace 2 años

Linda historia


Marujader comentó hace 2 años

Conozco un amigo que le pasó lo mismo


joseluis13 comentó hace 3 años

barbaro


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