Dos jóvenes que tuvieron la aventura de sus vidas.



El enorme oso polar avanzaba con torpeza a lo largo de la costa rocosa, a menos de un metro de las aguas tormentosas del océano Ártico. De vez en cuando levantaba la cabeza para olfatear, tal vez con la esperanza de encontrar alimento fácilmente: una foca anillada varada o un cadáver de morsa.
Estaban a finales de julio y, en esta parte deshabitada del archipiélago noruego de Svalbard, muy por encima del Círculo Polar Ártico y a tan sólo 965 kilómetros del Polo Norte, gran parte del hielo de glaciar se había derretido. Esto causaba que la caza focas, alimento favorito de los osos polares, fuera casi imposible. El gran oso tenía un hambre desesperada.
Con un viento del oeste a sus espaldas, el oso macho continuó vigilando la costa. Entonces, quizá al percibir la esencia de algo insólito, se detuvo en seco. Olfateó el aire y exhaló una v o l u t a d e vapor por el negro hocico. Siguiente el olor —los osos polares tienen un olfato tan sensible que hay quienes dicen que pueden oler un cadáver de ballena en descomposición a 32 kilómetros de distancia— se dio vuelta súbitamente a favor del viento y tierra adentro. Arrastraba las patasarqueadas, dejando profundas huellas en la arena. El depredador se acercaba a su presa.
Para estar en forma, se habían puesto los trajes secos y habían remado por los ríos congelados cercanos a sus pueblos natales a las afueras de Oslo, arrastrado pesados kayaks sobre témpainos de hielo y se habían zambullido en las aguas heladas.
Cazadores de toda la vida, habían afinado su puntería corriendo cuesta arriba, cargando sus rifles y pulsando el gatillo. Como muchos expertos en el Ártico les habían aconsejado, si tuvieran que defenderse de un oso polar tendrían poco tiempo para pensar. Ambos llevaban rifles en mochilas impermeables atadas a sus kayaks. Quedarse quietos, controlar la respiración, apuntar, disparar. Todo esto tendría que ser casi instintivo.
El viento arreciaba y el mar comenzaba a picarse, así que decidieron dirigirse a la costa y acampar en una playa cercana a un colina llamada Ekstremhuken. Nilssen, que remaba junto a Fjeld, levantó el mapa y sonrió, “Gracioso nombre para un lugar, ¿no? Me pregunto si eso significa que algo ‘extremo’ algo va a pasar aquí?”.
Tras colocar sus kayaks sobre la playa rocosa, armaron su carpa y colocaron un perímetro de cable al ras de suelo a casi tres metros de distancia, como lo hacían en todos los campamentos. Si algún oso cruzara el cable, detonaría una serie de pequeñas cargas explosivas, dando tiempo a los hombres para tomar los fusiles y ahuyentarlo o, de ser necesario, disparar.
“Maldita sea”, dijo mientras se arrastraba hacia el interior de la carpa. “Me estoy volviendo torpe y viejo”. Como lo hacían todas las noches antes de acostarse, Nilssen y Fjeld comprobaron que sus rifles estuvieran cargados y mano. Mientras dormían profundamente, el oso polar que había detectado su olor comenzó a acercarse al campamento.
El viento aullaba cuando el oso arrancó el cable en su camino, pero la carga no explotó. Nilssen se despertó por el sonido estridente del oso que pisoteaba la carpa y la rompía en pedazos de un poderoso zarpazo. “¡Oso!”, gritó Nilssen cuando sintió que unas fauces se cerraban sobre la parte posterior de su cabeza, sacándolo de su bolsa de dormir. Lo único que podía ver era una masa imponente de pelos blancos. Mientras sus dientes se hundían más en el cráneo, el oso emitía roncos gruñidos guturales.
De pronto, el oso polar soltó la cabeza de Nilssen y le hundió los dientes en el hombro derecho. Luego lo sacudió de un lado a otro, clavando los dientes cada vez más profundo en la carne. El dolor recorrió su cuerpo como si le enterraran un picahielo en el hombro.
Quiere sacudirme hasta dejarme inconsciente, pensó Nilssen. El oso comenzó a arrastrarlo hacia la playa rocosa. La escopeta es mi única salvación, pensó. Justo entonces el arma se le resbaló de la mano; el oso se paró sobre ella y la partió en dos. “Estoy muerto”, dijo Nilssen en voz alta cuando escuchó que el arma se quebraba. “Se acabó”.
Fjeld se levantó de un salto y buscó el rifle de la Segunda Guerra Mundial que había pertenecido a su abuelo. No estaba. Con desesperación, escarbó en los escombros frente a la carpa. “¿Dónde está?”, gritó. Sintió la culata del rifle y lo sacó de la arena. “¡Sebastian!”, gritó. Pero Sebastian no respondía. El oso arrastraba a Nilssen. Tengo que actuar ahora para salvar a mi amigo, pensó Fjeld. El tiempo se agotaba.
El oso soltó a Nilssen a unos 30 metros del campamento. Entonces rugió y enterró las garras afiladas en el torso del joven. El kayakista quedó cubierto de sangre. El oso apoyó las dos patas delanteras sobre su pecho, clavándolo en suelo y hundiéndolo profundamente en el arena. Nilssen sintió que sus costillas se quebraban. Sentía el aliento ardiente de oso en el rostro. Lo miró directamente a los profundos ojos negros. Eran fríos y vacíos.
El oso polar estaba de perfil. Fjeld le apuntó al lomo y apretó el gatillo. La bala penetró en el oso, y el animal dejó caer a Nilssen sobre la arena. Por última vez, el oso clavó los dientes en el hombro de Nilssen. Entonces Fjeld disparó cuatro balas más al pecho de del bestia. El oso cayó, muerto al fin.
Temeroso de que otros osos polares llegaran atraídos por del olor de la sangre, Fjeld colocó otro cargador de cinco balas en el arma. Nilssen yacía encogido en la playa. La parte posterior del cuero cabelludo colgaba suelta y el hombro había quedado destrozado. Su cuerpo estaba cubierto de heridas sangrantes, pero estaba vivo.
Fjeld lo llevó a la carpa, le cubrió el cuero cabelludo y el hombro sangrantes con vendajes de compresión y lo envolvió en una bolsa de dormir. “Vas a sobrevivir", dijo a Nilssen mientras le enjugaba con cuidado la sangre de la cara. "Vamos a salir de aquí".
Fjeld sabía que tenía que mantener a Sebastian caliente porque sería muy difícil sobrevivir a las temperaturas glaciales con tales heridas devastadoras. Marcó el número de un hospital de Longyearbyen en el teléfono satelital. El operador contestó.
“Necesitamos ayuda”, Fjeld espetó. “Somos kayakistas”, le dijo a Aksel Bilicz, jefe de enfermeros del hospital. “Un oso polar atacó a mi amigo. ¡Por favor, dense prisa!”
Bilicz llamó a la policía de la localidad y, como 35 minutos después, un helicóptero de rescate estaba en camino. Sin embargo, el viaje hasta el campamento duró casi hora y media.
Cuando aterrizó el helicóptero, dos paramédicos subieron a Nilssen. Le dieron un analgésico y solución salina por la vena; el cuello le dolía demasiado para que le pusieran un aparato ortopédico.
En el hospital, Nilssen se sometió a una operación de tres horas, durante la cual los cirujanos le quitaron todo el tejido dañado de las heridas. El cuello había quedado muy magullado pero no estaba roto. Al día siguiente, mientras Nilssen yacía en recuperación, la cirujana Kari Schroeder Hansen lo visitó. “Otros pocos milímetros y los dientes del oso te habrían perforado el pulmón y aplastado el cráneo —le dijo—. Ya no estarías entre nosotros".
En la actualidad, en su casa en el norte de Oslo, donde cría a un equipo de perros de trineo, Nilssen bebe café con Fjeld. El joven se desabrocha la camisa. Tiene el hombro y el torso surcados por las cicatrices del ataque. “Yo no soy religioso, pero sé que fue un milagro que sobreviviera”, dice mientras se abotona arriba. “También sé que le debo la vida a Ludwig”.
Los hombres están pensando en hacer otra expedición a Svalbard aunque sus familias, que se enteraron del ataque por un programa de radio, no están dispuestas a permitirlo. Cuando se le pregunta sobre la experiencia, Nilssen guarda una compostura sorprendente. “Lamentamos mucho que el oso haya tenido que morir —comenta reflexivo—. Aún creo que el oso polar es la criatura más majestuosa del mundo. Sólo intentaba sobrevivir”.


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