Renunció a todas sus posesiones para ayudar a otros y a sí mismo.



En las alturas del Tirol austríaco, el canto de los pájaros inunda el aire y un hombre de edad madura está dando saltos como un chico. “Es difícil explicar esta sensación de libertad, de ligereza absoluta”, dice.
Kart Rabeder espera sentirse aún más liviano sin varios millones de dólares: este fabricante de muebles para el hogar, que ha vivido 13 años en el pueblo de Telfs, hace poco acaparó los titulares de los diarios en todo el mundo al anunciar que vendería todo lo que posee para ayudar a los pobres de Latinoamérica. Una lujosa propiedad suya en el sur de Francia ya ha sido subastada, al igual que su negocio, sus autos (entre ellos un Audi valuado en 68.000 dólares) y una pequeña flota de planeadores.
“La riqueza no te da felicidad”, dice convencido, con sus anteojos de acero y su camisa a cuadros. “Trabajé como esclavo durante 25 años para tener cosas que no quería ni necesitaba. Ahora, mi sueño es no tener nada”. La oficina de su casa, en la que todo el día está encendida su computadora, es austera para un millonario, si bien los muebles hechos a mano reflejan el gusto de un conocedor. Rabeder no muestra orgullo al contemplar el producto de toda una vida de trabajo. “Todo, hasta las sillas en que estamos sentados, se venderá cuando se rife la casa”, explica satisfecho. Para su nueva vida en las montañas ha apartado una muda de ropa, dos cajas de libros y una computadora portátil. Vivirá de un estipendio mensual de unos 1.290 dólares, y confía en que no gastará ni la mitad.
En su infancia, en las zonas industriales de Linz, Karl pensaba que su misión en la vida era hacer dinero. “Mi familia era muy pobre”, cuenta. “No conocí a mi padre. Digamos que tuvo que elegir entre su familia y el alcohol, así que mi madre y yo vivimos con mis abuelos. Mi abuela era una buena administradora y creía que el valor de una persona está en función de sus ahorros. De chico empecé a trabajar en la huerta de mi familia. Vendía verduras, y descubrí que era hábil con el dinero. De adolescente quería estudiar Matemáticas, Física y Química, y para ahorrar dinero diversifiqué mis trabajos. Comencé por vender flores de nuestro jardín, y luego flores secas, floreros y velas. Cuando cursaba la mitad de la segunda carrera, mi negocio de muebles y artículos para el hogar andaba tan bien que me pareció que no tenía sentido hacer otra cosa. Al principio el dinero me servía, pero luego empecé a preguntarme: ¿Para esto estoy aquí, para producir cosas que nadie necesita de verdad? Y cada vez con más frecuencia, la respuesta era no”.
Su descontento llegó al máximo en 1998, durante unas vacaciones en Hawai con Irene, su esposa en ese entonces. “Habíamos planeado unas vacaciones de ensueño, con todo el lujo del estilo de vida de cinco estrellas”, dice. “Durante nuestra estancia de tres semanas nos dimos cuenta de que allí no había personas auténticas, sino sólo actores. Los empleados hacían el papel de personas amistosas y serviciales, y los huéspedes, el papel de personas importantes. De vuelta en casa fuimos a caminar a las montañas. En una cabaña en un pastizal, una mujer nos trajo dos vasos grandes de gaseosa y derramó la mitad sobre nuestros pantalones. Pero a nosotros nos pareció perfecto. Habíamos vuelto al mundo real”.
La crisis facilitó su transición mental. “Nuestra separación me enseñó a estar más atento al momento presente”, señala. En sus viajes a Sudamérica como entrenador del equipo juvenil austríaco de vuelo en planeador, observó que muchas personas de los países en vías de desarrollo parecían llevar una vida más plena. “Cada vez que volvía a Francfort desde El Salvador, veía las caras de los otros pasajeros y me preguntaba: ¿Acaso hubo un ataque terrorista? Entonces comprendía que la ansiedad en los rostros es lo normal en el mundo desarrollado. En términos de felicidad, Europa, Japón y los Estados Unidos están en el subdesarrollo total. En otros países conocí a muchas personas con muy pocas oportunidades que eran capaces de vivir y disfrutar el presente. Comencé a darme cuenta de que no necesito esta casa, ni la otra, ni autos elegantes, ni planeadores, ni cenas caras. El paso siguiente fue comunicarme con otras personas”.
En un viaje conoció a un carpintero talentoso. “Era un artista con ideas para hacer muebles por encargo, y necesitaba una sierra especial. Como no tenía fiador, el banco no le prestaba dinero para comprarla, así que le di 300 dólares. Fue un préstamo sin fecha de pago, pero, al año siguiente, me recibió en el aeropuerto con un fuerte abrazo y me pagó el dinero. Ahora tiene un negocio que le permite mantener a sus hijos y que lo satisface como artista. ¡Y fue tan fácil!”
Hace dos años, junto con el economista Wolfgang Mauer, Rabeder fundó mymicrocredit.org, una organización sin fines de lucro que pone en contacto a los microinversionistas con proyectos en países pobres. La rifa de su casa, a 99 euros por número, se concibió como un golpe publicitario para su sitio web. “Si hubiera vendido la casa a través de los canales ordinarios —dice—, quizá diez personas habrían ido a verla y se habrían interesado en lo que hago. Con 21.999 números de la rifa, hay muchos más”.
Es difícil creer que deshacerse de una empresa de muebles pudiera causar tanta alegría. Y es contagiosa. La filosofía de Rabeder, de “pierda una fortuna y gane una vida”, le trajo como consecuencia un contrato con una importante editorial alemana para escribir un libro, y sus cursos de autoayuda son cada vez más populares en Europa. “Hay un proverbio alemán que dice que las personas sencillas viven felices”, señala. “No forzosamente es cierto, pero deja algo en claro: cuantas más opciones se tienen, más obligado se está a decidir qué es lo importante para uno mismo. De los 15 a los 40 años nunca me hice esa pregunta. Me limitaba a preguntar qué era posible”.
Con las riendas de su vida en sus manos, le pregunté si cree que cambiará al mundo. Él responde que no, complacido pero con firmeza. Con la mano sobre el corazón, dice: “El potencial para crecer está aquí”.


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No hay duda que el dinero ayuda a calmar los nervios, pero lejos está de darnos felicidad.
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