Tras años de persecución y carcel, Azita y Siavash pudieron vivir su amor en libertad.



Me encuentro en un tupido bosque en el noreste de Grecia, cerca de la frontera turca. Estuve todo el día ocultándome entre el follaje bajo la lluvia, y siento escalofríos. Pero no me importa. Mañana veré a mis padres y a mi hermana menor por primera vez en seis años. Ellos están en Atenas, a salvo. Le pagaron 6.000 euros a un contrabandista —todo lo que les quedaba— para que me sacara de Irán junto con mi esposo, Siavash.
Siavash y yo somos parte de un grupo de 10 refugiados. El contrabandista nos había dicho antes que Atenas no estaba muy lejos y que debíamos escondernos en el bosque hasta que nos diera la señal de seguir adelante; luego nos dejó solos en la oscuridad.
No son. Cuando me descubren, uno de ellos me patea con tanta fuerza en la rodilla que me caigo. El otro me levanta y a empujones me obliga a caminar. Me dice a gritos que es agente de la policía fronteriza griega y que estoy arrestada. Me lleva adonde están los otros nueve detenidos, y nos meten a todos en el vehículo.
Esa noche de junio de 2006 tenía yo 26 años, y hacía seis que estaba huyendo de las autoridades iraníes junto con Siavash. Aun así, tengo muchos recuerdos gratos de mi infancia en Irán. Sentada en el regazo de mi padre, lo escuchaba contar historias, o lo veía ayudar a mi madre en la cocina. En un tiempo mi familia tuvo dinero. Mi papá y su hermano, Ahad —el padre de Siavash—, tenían puestos en el gobierno, pero cuando el sha de Irán fue derrocado, en 1979, papá perdió su trabajo y tuvimos que mudarnos de una casa grande en Teherán a una pequeña en el suburbio de Karaj. Luego, a principios de los años 80, Ahad murió y Siavash se quedó sin padre. Mi familia lo crió como a un hijo más. Hasta que tuve cerca de 12 años, me dijeron que Siavash era mi hermano.
En Karaj, mi papá trabajaba como fotógrafo. En 1989 lo encarcelaron por unirse a una protesta contra el régimen. Para soportar esto, me aferré a Siavash. Lo admiraba por su fortaleza de ánimo y su seguridad en sí mismo.
Al año siguiente me enteré de que no éramos hermanos. Nos enamoramos a los 16 años, y mi papá dio su consentimiento. “En Irán no es fácil salir y tener novios —dijo—, así que, si se quieren, no hay nada malo en ello. No son hermanos de sangre”.
Siavash y yo nos casamos en 1998. El día de nuestra boda fue el más feliz de mi vida. Me puse un vestido blanco, y todos compartieron nuestra dicha. Todavía recuerdo las sonrisas de mis padres y de mi hermana.
Nuestra felicidad se vio ensombrecida pronto. En julio de 1999 asistíamos a la Universidad de Teherán. Yo estudiaba Pintura, y Siavash, Literatura. Cuando el gobierno decidió cerrar un periódico reformista, los estudiantes protestaron. En represalia, miembros del Basij, la fuerza paramilitar iraní, irrumpieron en los dormitorios, incendiaron algunos de ellos y arrojaron por las ventanas a sus ocupantes. El 14 de julio, estudiantes de todo el país se unieron en manifestaciones más enérgicas.
Las calles se llenaron con miles de personas que lanzaban consignas y vítores. El temor flotaba en el ambiente, pero también el entusiasmo. Queríamos creer que nuestra protesta cambiaría al país.
De pronto, los Basij me derribaron. Tanto a Siavash como a mí nos inmovilizaron boca abajo en el suelo, y nos golpearon con garrotes y con los puños. Empecé a asfixiarme con el gas lacrimógeno y el aerosol de pimienta. Nos detuvieron y nos encarcelaron por separado durante seis meses.
Esposada y con los ojos vendados, me interrogaron sobre mi participación en la protesta. ¿Por qué estaba yo allí? ¿Quién era el líder? ¿Quién más pertenecía a mi “organización”? ¿Por qué llevaba yo un crucifijo? Me tenían contra una pared y me pateaban sin piedad. Hoy, debido a los golpes en las rodillas que me dieron los carceleros en Irán y, años después, los guardias fronterizos griegos, no puedo caminar distancias grandes.
No supe si mi adorado Siavash estaba vivo o muerto hasta seis meses después, cuando nos liberaron. Me contó que a él también lo habían golpeado. En el momento en que nos detuvieron llevaba consigo una Biblia y tuvo que inventar una historia rápidamente: les dijo a los interrogadores que alguien le había dado el libro durante la protesta. Los hombres lo presionaron para que confesara haber tramado con otros estudiantes el derrocamiento del régimen. Querían que les dijera los nombres de esos jóvenes. Él se negó, y lo amenazaron con violarme si no cooperaba. Siavash oyó gritos procedentes de otro cuarto y pensó que me estaban violando. No era yo, pero sí otra persona.
No nos permitieron volver a la universidad. Nuestra familia había perdido todo —trabajo, casa, libertad de culto y ahora nuestra educación—, pero estábamos decididos a defender nuestra libertad a toda costa.
En febrero de 2000, unos meses después de las manifestaciones estudiantiles, mi padre organizó una protesta en el aniversario de la llamada Revolución Iraní de 1979. Esta vez la filmé. Policías vestidos de civil me agarraron e intentaron arrojarme al suelo, como lo habían hecho antes los Basij, pero otros manifestantes se arremolinaron en torno a nosotros y de repente me vi corriendo con Siavash. Sabíamos que la policía iría a nuestra casa, así que nos dirigimos a la estación de ómnibus. Tomamos el primero que salió, a Arak, una ciudad del oeste del país. Pasamos seis días escondiéndonos, esperando encontrar un hogar nuevo y permanente donde pudiéramos salir y ser libres. Sabíamos que no podríamos volver.
En Arak nos mantuvimos en contacto con mi familia por medio de amigos, quienes usaban claves secretas para decirles dónde estábamos. Mi familia nos enviaba dinero para que pudiéramos sobrevivir. A veces pasábamos semanas escondidos en casa de algunos de los amigos de la familia. Sólo nos atrevíamos a salir al amparo de la noche para buscar alimento; en ocasiones nos teníamos que conformar con comer hierbas y pasto.
Unos años después, mis padres y mi hermana huyeron de Irán. Primero fueron al este, a Paquistán. A finales de 2005 llegaron a Grecia, y nos mandaron decir que nos preparáramos para reunirnos con ellos. Fue entonces cuando contrataron al contrabandista para que nos sacara de Irán. Siavash y yo iniciamos el viaje en la primavera de 2006. Siguiendo al contrabandista, cruzamos a pie las montañas del Kurdistán. En cierto momento me desmayé a causa de la fatiga y la mala alimentación, y Siavash tuvo que llevarme a cuestas. Recorrimos Turquía, cruzamos la frontera y entramos en Grecia. Fue allí, en el bosque, donde fuimos capturados por la policía.
Pasamos un día detenidos y luego nos enviaron de vuelta a Turquía. Estuvimos en una cárcel durante casi un año. Las celdas estaban repletas de personas desesperadas, hambrientas y cansadas como nosotros: refugiados de Moldavia, Marruecos, Somalia e Irán. Las condiciones allí eran peores que las de la cárcel de Teherán. Las cloacas se desbordaban, y los inodoros perdían tanta agua que nuestras celdas se inundaban hasta 30 centímetros de altura. A Siavash lo golpeaban todo el tiempo. ¿Nuestro delito? No tener papeles legítimos para entrar en ningún país. Los pasaportes que el contrabandista nos había dado eran falsos.
Siavash y yo podríamos estar aún en una prisión turca, o tal vez muertos, si dos iraníes que vivían en Occidente no se hubieran enterado de nuestra situación. Reza Pardisan, residente en Londres, y Nazanin Afshin-Jam, en Vancouver, presentaron nuestro caso ante el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. En 2007 nos concedieron el estatus de refugiados y nos sacaron de la cárcel.
Reza ofreció ayudarnos a pagar el alquiler de un departamento en Turquía hasta que la ONU encontrara un país dispuesto a recibirnos. Esperamos dos años, y yo recé todas las noches por que fuera Grecia, para poder reunirme con mi familia. Pero el que nos dio asilo fue Canadá, en 2009. Ningún otro país quiso hacerlo. Ahora vivimos en Vancouver, no lejos de Nazanin. Estudiamos inglés en una universidad.
Siavash y yo estamos sanos y a salvo. Asistimos a una iglesia real, no a un sótano. No tememos ser cristianos ni denunciar al gobierno iraní.
No pasa un día sin que me acuerde de aquel bosque en el noreste de Grecia. ¡Habíamos estado tan cerca de la libertad! Por las noches, antes de quedarme dormida, cierro los ojos e imagino a mi padre caminando de un lado a otro en la cocina, a mi madre mirando el reloj de la pared, y a mi hermana rezando por que todos estemos juntos muy pronto.


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Me encanto la historia.
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anariam
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Realmente una historia muy conmovedora
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DIOS A DE QUERER QUE SE REENCUENTREN CON LA FAMILIA.
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